Alguien me avisó de que el Roll estaba tirado en la cuneta porque un coche lo había atropellado, tal vez fuera Carmiña, la tía de Fernando, quien me diera la noticia. Instintivamente fui a buscarlo, dudando de si me lo encontraría en buen estado, cogí carretera arriba y llegué a la principal y, efectivamente, allí me lo encontré tirado en la cuneta, alguien lo había arrimado para que no lo espachurraran más. Ya decía yo que aquella manía de correr detrás de los coches que había adquirido no presagiaba nada bueno -pensé. Lo cogí y me lo traje en el colo hasta mi casa. Por el trayecto estaba todo tieso, no daba señales de que se pudiese recuperar, lo notaba extrañamente quieto y me temía lo peor. Llegué al pie de las escaleras que subían a mi casa con el perro en brazos cuando, de repente, el Roll se movió y dando un salto alegre se me escapó de los brazos y se puso a caminar como si tal cosa. Estaba vivito y coleando, nunca mejor dicho.
¿Por qué me quedó este recuerdo? Creía que todo estaba perdido. Tal vez la imagen más nítida que tenga es del momento en que el perro saltó de mi colo, estaba preocupado y aquello significó el alivio. Sin proponerlo la solución a los problemas llega de forma inesperada.
lunes, 10 de noviembre de 2008
domingo, 9 de noviembre de 2008
Viajes de Colón y de Armstrong
Me quedó presente un debate en la entrada de la alameda pequeña con Fina, Estrella y Juan el de Ribadavia (y tal vez alguien mas), sobre qué había sido más meritorio si el descubrimiento de América o la llegada del hombre a la Luna. Me quedé solo en la defensa del viaje lunar frente a la otra tesis que consideraba que Colón había tenido pocos medios mientras que Armstrong y sus compañeros iban con todo programado. Hoy en día sigo manteniendo que el viaje a la Luna requería un esfuerzo mayor por parte de la humanidad y, aunque fuera todo muy estudiado y con el objetivo a la vista, implicaba enfrentarse a un riesgo grande, mientras que lo de Colón era más una aventura como otras tantas que se habían ya protagonizado por muchos otros exploradores (contando con que el almirante tenía también su preparación técnica de lo que iba a hacer). De todas formas ambos momentos son grandes hitos de la humanidad.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Pescar en el muelle de Massó
La pesca desde el muelle era de las cosas que más nos divertían en verano. Pasábamos gran parte del tiempo intentando coger aquellos peces que veíamos en medio del agua. Lo primero que hay que decir es que había una gran abundancia de peces de varios tipos pero, fundamentalmente, en gran parte eran buracitos (panchitos) lo que se observaba a simple vista. La pesca tenía su ritual, había que empezar por buscar una caña india, comprar tanza, anzuelo, flotador, plomos y anillas, para montar las cañas de pescar. Luego había que conseguir maga de sardinas o miñocas en las mareas bajas y, por último, armarse de paciencia para coger los buracitos. Se podía pescar en la superficie o en el fondo y, en este caso, se obtenían otros pescados como las fanecas. De vez en cuando se veían bolitos, agujas, serranes, mújeles y otros especímenes. Solíamos coger unos cuantos buracitos y por la noche nos los freían nuestras madres para cenar. Los puestos de pesca eran en la punta del muelle pero, alguna vez, cuando había barcos atracados nos poníamos a pescar en las mismas bordas. Los días de nortada no se pescaba bien porque los peces se pasaban al otro lado de la escollera, es curioso como el viento frío del norte ahuyentaba a los peces, y nosotros nos poníamos sobre las rocas con el consiguiente peligro de caernos.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Una receta de chulas de calabaza
Las calabazas que había en la huerta servían para alimentar las gallinas pero también, en menor medida, para el consumo humano. Tenían que ser calabazas de tipo "mangueta" para que sirviesen para comer. Tampoco se hacían muchas cosas, que yo supiera, con aquellas calabazas comestibles, tanto es así que yo sólo las comía en chulas. Mi madre hacía las chulas cociendo previamente la calabaza y, después de escurrirle el agua, hacia una masa juntándola con harina, huevos, azúcar y ¿pasas?. La pasta tenía que quedar mas bien densa y se freía en pequeñas cucharadas en aceite abundante, de hecho quedaban un poco aceitosas, y ya estaban listas para comer. Otro uso que les daba a las calabazas que había en la huerta de mi casa era la de jugar sentándome sobre ellas, simulando una moto o algo así, eran bastante grandes y yo debía de ser bastante pequeño.
viernes, 31 de octubre de 2008
Calabazas con velas
Los difuntos los celebrábamos los niños a nuestra manera. Era una época tristona coincidiendo con el apagar de la naturaleza, el secarse del campo y caer de las hojas, predominando el tono marrón. Por entonces quedaban al descubierto las calabazas que se habían plantado en medio de los otros cultivos, con sus colores amarillentos y naranjas destacando en medio de aquellos ocres. Recuerdo que cogíamos pequeñas calabazas, las vaciábamos de las pepitas, le horadábamos unos ojos y una boca, y le poníamos una vela dentro. Después las dejábamos por la Alameda o por las escaleras de la fábrica, esperando sorprender a algún incauto.
jueves, 30 de octubre de 2008
Los hermanos Cuevas
De vez en cuando veo a la gente que vivió en Salgueirón con nosotros, más de tarde en tarde porque sólo voy a Cangas en vacaciones pero aún así me encuentro con alguien. Este mes de octubre estuve con Paco y Benigno Cuevas, estaban tomando café en el Alondras y nos saludamos con el afecto de siempre como lo hacen los que se sienten familia. Me acuerdo de Paco con José María, el hermano de Merche, siempre juntos a todos los lados, también me acuerdo de Benigno yendo y viniendo desde y hacia los veleros que tenían los Massó. Hablando de veleros, recuerdo como se aceleraba la actividad cuando llegaban las regatas de las Rias Baixas,-- creo tener en la punta de la lengua el nombre de aquel velero, el Roxina ¿tal vez?, un poco panzudo y con sensación de pesado--, de cuando subían el velero al carro o lo varaban delante de la carpintería, de como fondeaba delante del muelle esperando a que lo prepararan para competir. Paco y José María jugaban al fútbol con nosotros, aunque éramos más pequeños, pero con Benigno teníamos una relación más distante, porque era del grupo de los mayores. No obstante, Benigno tenía un gesto de complicidad conmigo y era que cuando me veía me llamaba Tintín, por lo del personaje del cómic y porque andaba con el Roll, y yo le respondía, ¡Milú!.
sábado, 4 de octubre de 2008
domingo, 8 de junio de 2008
Semana Santa (Por Estrella)
"El Jueves Santo bajábamos siempre con nuestra madre a los servicios y lo que más nos gustaba era acercarnos a la mesa de la última cena y repetir los nombres de todos los apóstoles en el orden adecuado, cada uno tenía un ropaje de unos colores distintos. Cuando no nos acordábamos de quien era quien les levantábamos las túnicas que colgaban por atrás (ahora no se pueden tocar) y cada uno tenía una plaquita dorada detrás con su nombre. La mesa de la última cena salía después. El viernes por la tarde era el desenclave, en el que bajaban al cristo de la cruz par enterrarlo. Lo que menos me gustaba era la procesión por la noche, la del entierro, aunque tenía su morbo con el cristo metido en una urna de cristal.
viernes, 21 de marzo de 2008
Semana Santa
La primera imagen que tengo de cuando llegó la TV a Cangas fue la de la retransmisión de una procesión de Semana Santa. Había ido con toda ilusión a ver que era eso de la TV al bar Alondras y quedé un poco compungido porque aquello no me resultó muy atractivo que digamos. Para los niños de aquellos años la Semana Santa era un poco tristona, me parece a mí, para empezar no se podía cantar, luego había que tener cuidado de no comer carne o de no comer entre horas los días de ayuno o abstinencia, y, en general, había un parón en la vida habitual en todos los ámbitos. En las casas se hacía acopio de huevos, mantequilla y harina para hacer los roscones (ahora se hacen todo el año) y se llevaban a la panadería para cocer las barras. Había un olor rico al dulce en la calle y en las casas. Solíamos ir a ver la procesión del Encuentro el Viernes Santo, para lo cual había que madrugar mucho, escuchábamos aquel sermón que iba relatando la aparición de los pasos y después venía el poder tomar un chocolate y roscón, para reponer fuerzas. Me llamaba la atención los pasos articulados en los que las figuras se podían mover y lo feos que eran los soldados romanos. Estos soldados eran como un pegote al lado de las demás figuras. También me llamaba la atención que en la mesa de la Última Cena había uvas y aceitunas de verdad. Con la música cambió el concepto de Semana Santa, cuando se perdió la costumbre de no poner música moderna en esos días y se empezó a pensar más en las vacaciones.
Semana Santa en Cangas
Semana Santa en Cangas
domingo, 13 de enero de 2008
Carnavales en Salgueirón
Los Carnavales era una época ilusionante para los chiquillos de la zona. Éramos los únicos que nos disfrazábamos por el lugar (creo recordar), no obstante, en Cangas ya había personas mayores que también se disfrazaban. Solíamos hacerlo alrededor del martes de Carnaval, buscábamos en los armarios ropa vieja y nos la poníamos encima sin ningún patrón, íbamos de "fachas" (no con el significando político actual). La cara la cubríamos con caretas de cartón que no nos evitaban ser fácilmente reconocidos. Un año le pedí a mi madre que me hiciera una capucha y con ella conseguí pasar desapercibido todo el tiempo. Dábamos vueltas por las casas, llegando hasta el Barrio Chino, y entrábamos en alguna para ver si éramos reconocidos o no. A veces nos daban alguna golosina que se hacía en la época, como orejas, filloas o cualquier otro dulce.
lunes, 7 de enero de 2008
Las entradas de las casas
En las escaleras de la entrada de mi casa hice mucha vida, las tardes soleadas invitaban a sentarse un rato al sol recostados sobre los escalones y allí permanecía mientras tanto. En el tejadillo, en primavera, solían anidar los gorriones y era un entrar y salir de los padres que entretenían el rato. Los pasamanos laterales también servían para sentarse y el bordillo de la casa se convertía en un reto para conseguir bordearla sin caerse, agarrándose en los salientes de las esquina y en las ventanas. En casa de Fernando nos dejábamos caer sin manos de espalda desde los pasamanos, agarrándonos con las piernas al echarnos hacia atrás. En las casas de Estrella y Merche usábamos los muritos laterales de la entrada para sentarnos mientras esperábamos o charlábamos.
En las escaleras de mi casa había hormigas y más de una vez le intentaba meter líquidos o papeles encendidos para que se murieran. Una vez hice un experimento con unos polvos de boro que había en mi casa, los eché y les prendí fuego, pero el susto me lo llevé yo al aspirar aquel humo que me dejó asfixiado. No volví a experimentar más.
En las escaleras de mi casa había hormigas y más de una vez le intentaba meter líquidos o papeles encendidos para que se murieran. Una vez hice un experimento con unos polvos de boro que había en mi casa, los eché y les prendí fuego, pero el susto me lo llevé yo al aspirar aquel humo que me dejó asfixiado. No volví a experimentar más.
martes, 13 de noviembre de 2007
Las cosas nuevas
Fernando habla de las raquetas de tenis que llegaron de U.S.A., se podía decir que fue una época de modernidades, cambiaron muchas cosas en poco tiempo y estas memorias dan testimonio de ello. Por primera vez vi cómo los albañiles de la fábrica hacían tabiques usando unos polvos grises, el cemento, para construir el lavadero de mi casa (este recuerdo debe de ser bastante antiguo). Un hito importante fue la llegada de la TV con los tejados poblados de parrillas. Recuerdo que la vieja radio con los seriales de la tarde, que se oían con unas voces solemnes en todas las casas (Guillermo Sautier Casaseca era como un familiar de todos), pronto fue sustituida por la tele en blanco y negro con aquella lluvia que se ponía cuando se perdía la señal. Algunas veces desde mi casa sintonizaba Portugal, también tenía lluvia pero se podían distinguir mejor las imágenes de las películas (sin doblar). También se acabaron las neveras de hielo y llegaron las eléctricas, con ello me ahorré el tener que bajar a la fábrica de Massó a buscar los bloques de hielo. Llegó el butano y se acabó la cocina de hierro. Realmente, la cocina de hierro era un buen invento, tal vez se ganó en rapidez al cocinar con el gas --y, también, en engrase de toda la cocina--, pero la cocina antigua era muy útil en muchos sentidos: calentaba agua, calentaba la casa, servía para secar ropa y aprovechaba los restos del monte. Se acabó el fabricar el jabón con restos de aceite y sosa, aparecieron los supermercados, como el de Mucha en la Caína, y con ellos llegó el jabón en polvo. También llegó el chorizo Revilla y se acabaron los bocadillos de nata con azúcar y de plátano. Tal vez era el nacimiento de la sociedad de consumo.
Nota: Los recuerdos están asociados a un momento concreto en el que ocurre algo, por ejemplo, me acuerdo de la novedad que suponía para mi el descubrir que con aquellos polvos grises los obreros fabricaban piedra, es decir, tengo el instante en que descubro ese conocimiento. Por otro lado, también están asociados con el esfuerzo por conocer, recuerdo a mi padre trajinando con el cambio de la antena de radio que había en el tejado de mi casa por la de la TV. De las nuevas antenas, me preguntaba cómo podían funcionar y me daba cuenta que eran como un peine que tenía que capturar la onda invisible, al igual que las de radio lo hacían con el hilo tendido. También recuerdo lo que sabía de los viejos aparatos, veo la gruesa nevera vieja, oliendo a latón, y veo la cocina de hierro, con su plancha caliente y chisporroteando el fuego en medio de aquellos aros. Sabía que aquellas paredes gruesas eran para no perder el frío del hielo y que el deshielo se recogía en un compartimento de latón. Se que la plancha de hierro de la cocina dispersaba el calor hacia el calderín y que los aros regulaban el ancho de las cacerolas. Particularmente, recuerdo el momento en que descubría algo y lo que llegaba a saber de las cosas.
Nota: Los recuerdos están asociados a un momento concreto en el que ocurre algo, por ejemplo, me acuerdo de la novedad que suponía para mi el descubrir que con aquellos polvos grises los obreros fabricaban piedra, es decir, tengo el instante en que descubro ese conocimiento. Por otro lado, también están asociados con el esfuerzo por conocer, recuerdo a mi padre trajinando con el cambio de la antena de radio que había en el tejado de mi casa por la de la TV. De las nuevas antenas, me preguntaba cómo podían funcionar y me daba cuenta que eran como un peine que tenía que capturar la onda invisible, al igual que las de radio lo hacían con el hilo tendido. También recuerdo lo que sabía de los viejos aparatos, veo la gruesa nevera vieja, oliendo a latón, y veo la cocina de hierro, con su plancha caliente y chisporroteando el fuego en medio de aquellos aros. Sabía que aquellas paredes gruesas eran para no perder el frío del hielo y que el deshielo se recogía en un compartimento de latón. Se que la plancha de hierro de la cocina dispersaba el calor hacia el calderín y que los aros regulaban el ancho de las cacerolas. Particularmente, recuerdo el momento en que descubría algo y lo que llegaba a saber de las cosas.
viernes, 9 de noviembre de 2007
La Alameda (Por Fernando)
Cuando sonaba la sirena de la fabrica, de repente aparecía un tropel de señoras vestidas de blanco y señores vestidos de azul, que invadían toda la alameda. Venían de toda la zona, de Darbo, de San Roque, de Balea..., el mas rezagado era Valentín (alto y degarbado). Pero al pobre le quedaban muy pocos minutos de vida. La alameda era su sepultura todos los dias. El encargado de cavarla era Berto, vaquero, pistolero... ( menos mal que lo resucitaba al día siguiente). Acordaros de la escena: Valentín, ese hombre alto y desgarbado escondido entre los árboles, esos plátanos, con un diámetro de tronco que nosotros no los dábamos abrazado; Berto agazapado en otro, (cada día en uno distinto), volviendo loco al paciente de Valentín. De repente, cuando se veían empezaban a sonar los disparos a discreción. La alameda se llenaba de gritos, pim, pam, pum. Uno de los dos caía muerto. Ellos tenían su código secreto y decidían, quién tenía que tirase al suelo y dar por perdido el duelo ese día. Después, Valentín se iba para la fábrica y Berto a empezar a llenar el suelo de la alameda de dibujos de vaqueros e indios, que los sometía a unas interminables guerras que podían durar días.
La alameda era el centro del barrio, jugábamos al fútbol, hacíamos carreras, buscábamos nidos, decidíamos en espontánea asamblea, cuándo empezábamos a recolectar leña para quemarla en San Xoan, o bien organizábamos partidos de fútbol contra otros barrios, los de Balea (que malos eran, El Poallo, el temible Cachirulo), los de la Caina (Camilo, Gaspar "Labios de Maragota", Carlitos "el Aventurero"), los del barrio Chino (los hermanos Yombo, los hermanos Perales). Bueno me parece que ésto da para otro capítulo.
En primavera se llenaba de numerosísimos pájaros, llenaban los árboles. Por la tarde cuando anochecía, sobre todo los gorriones, se juntaban a dormir y montaban un jaleo enorme. Cuando la noche se cerraba se callaban, entonces nosotros tirábamos piedras, los pájaros se asustaban y empezaba de nuevo el jolgorio.
Era como un jardín botánico. Los plátanos los más numerosos, los cipreses los más altos. Los más perfumados eran unos, que como frutos daban unas bayas negras, que usábamos de proyectiles para los tutelos (cerbatanas). Yo creo que eran Ficus. En la zona del garaje algunas especies de plantas, tenían un cartelito con el nombre pulcramente grabado en un letrero con letras de porcelana azul marino, con su nombre en latín. Lo sujetaba un palo de color azul pastel.
La alameda en realidad escondía un secreto, en su interior, era un gran depósito, tenía la barriga llena de agua. Los bancos donde nos sentábamos era las tapas, el registro por donde los operarios de Massó, accedían a su interior. Las tapas eran de zinc, y sí que quemaban cuando el sol calentaba. Cuando jugábamos a la pita alturiña, eran nuestro seguro. En los partidos de fútbol unas veces eran como un rival, otras, nuestra más férrea defensa. Paco Cuevas, siempre estaba sentado en ellas, como estaba gordo, no aguantaba el ritmo de los partidos. La parte que daba a mi casa, nos servía como pista de tenis. Las primeras raquetas, quiero recordar que las trajo José, el tío de Estrella y Finita de U.S.A. ¡Qué modernidad, eso del tenis! Al año siguiente los reyes nos surtieron a todos de raquetas.
La alameda era el centro del barrio, jugábamos al fútbol, hacíamos carreras, buscábamos nidos, decidíamos en espontánea asamblea, cuándo empezábamos a recolectar leña para quemarla en San Xoan, o bien organizábamos partidos de fútbol contra otros barrios, los de Balea (que malos eran, El Poallo, el temible Cachirulo), los de la Caina (Camilo, Gaspar "Labios de Maragota", Carlitos "el Aventurero"), los del barrio Chino (los hermanos Yombo, los hermanos Perales). Bueno me parece que ésto da para otro capítulo.
En primavera se llenaba de numerosísimos pájaros, llenaban los árboles. Por la tarde cuando anochecía, sobre todo los gorriones, se juntaban a dormir y montaban un jaleo enorme. Cuando la noche se cerraba se callaban, entonces nosotros tirábamos piedras, los pájaros se asustaban y empezaba de nuevo el jolgorio.
Era como un jardín botánico. Los plátanos los más numerosos, los cipreses los más altos. Los más perfumados eran unos, que como frutos daban unas bayas negras, que usábamos de proyectiles para los tutelos (cerbatanas). Yo creo que eran Ficus. En la zona del garaje algunas especies de plantas, tenían un cartelito con el nombre pulcramente grabado en un letrero con letras de porcelana azul marino, con su nombre en latín. Lo sujetaba un palo de color azul pastel.
La alameda en realidad escondía un secreto, en su interior, era un gran depósito, tenía la barriga llena de agua. Los bancos donde nos sentábamos era las tapas, el registro por donde los operarios de Massó, accedían a su interior. Las tapas eran de zinc, y sí que quemaban cuando el sol calentaba. Cuando jugábamos a la pita alturiña, eran nuestro seguro. En los partidos de fútbol unas veces eran como un rival, otras, nuestra más férrea defensa. Paco Cuevas, siempre estaba sentado en ellas, como estaba gordo, no aguantaba el ritmo de los partidos. La parte que daba a mi casa, nos servía como pista de tenis. Las primeras raquetas, quiero recordar que las trajo José, el tío de Estrella y Finita de U.S.A. ¡Qué modernidad, eso del tenis! Al año siguiente los reyes nos surtieron a todos de raquetas.
lunes, 5 de noviembre de 2007
Las personas yendo y viniendo
Me acuerdo de Mateo cuando iba y venía a la fábrica con su mono azul. De Carlos Ocaña con su vespa en la que alguna vez viajé yo de pié en el pescante. Del cura de Darbo, Don Bernardo, con su moto y su huevo-móvil cuando venía a la escuela. De mi padre saliendo y volviendo de la escuela. De Rosita y de Lolita trayendo el pan al mediodía. De Luis Baliño en bicicleta en la alamenda el día que me caí de espalda a la carretera de abajo. De Eugenio yendo y volviendo de la fábrica. De cuando venían los afiladores que arreglaban cuchillos y cacerolas. De cuando venían los albañiles de la fábrica a pintar las casas. De los turistas que buscaban Casa Simón para comer después de haber visitado la fábrica. De como iban y volvían los domingos la gente del campo de fútbol. Del padre de Fernando hacer la crónica del partido por teléfono. De cuando venían a podar los árboles de la alameda y dejaban las ramas amontonadas. De como pasaban los trabajadores de ida y de vuelta a la fábrica. De cuando vinieron los artistas de cine en el barco de pasaje a la cantina. De los turistas que iban a visitar la ballenera y llevaban hojas de eucalipto por el olor tan fuerte que había en los alrededores. De cuando venía en un avión Saeta a hacer vuelos rasantes el hijo de Adolfo, el de la cantina. De una vez que vino un portaaviones a Vigo y pasaron unos aviones cazas a baja altura por encima de mi cabeza. De cuando venían las jornaleras a plantar patatas en las huertas. De cuando venía el peluquero a cortarme el pelo en la huerta. De unos curas que habían venido a hacer unos ejercicios espirituales en la cantina.
domingo, 4 de noviembre de 2007
Las construcciones adicionales de Salgueirón
En Salgueirón había toda una obra de ingeniería hidráulica alrededor de la fábrica: Estaban los depósitos de agua (aljibes) en la alameda y el campiño, los depósitos de agua en lo alto del campiño --cerca de la casa de la abuela de Fernando--, y el que suministraba agua a las casas en el campo al lado de la sierra de Luis Hernández. También había que contar con la mina de agua. Recuerdo que en un determinado momento estuvieron los trabajadores de la fábrica estableciendo un sistema de medición del aljibe en los depósitos de la alameda, unas boyas con un dispositivo de detección del nivel para regular el llenado. Tal vez fue el momento en que cambiaron las tapas de los accesos --anteriormente metálicas con armazón de madera que quemaban cuando hacía mucho sol--, por otras de cemento. Subiendo de la fábrica a la alameda estaba el lavadero --no recuerdo haberlo visto funcionar--, que nosotros lo usábamos para correr alrededor por los planos inclinados dónde se frotaba la ropa.
Por otro lado, había una serie de elementos ornamentales en los jardines: Estaba el caracol con el niño en la alameda que se acabó por romper, el crucero en las cercanías del garaje y el horreo gallego cerca del hotel. Alrededor de la fábrica estaban los cañones y las anclas ferruginosas que decían que eran de la batalla de Rande. Al lado de la guardería había una fuente con un conjunto escultórico que contenía a unos niños y unos peces. Luego había una serie de bajorrelieves y cerámicas con textos por las paredes de las instalaciones de la fábrica. Creo recordar que había uno de esos textos en la carpintería, algo relativo a la madera si no recuerdo mal. También estaba la placa de la chimenea y los cartelitos que tenían algunos árboles y plantas, detallando su naturaleza.
Por otro lado, había una serie de elementos ornamentales en los jardines: Estaba el caracol con el niño en la alameda que se acabó por romper, el crucero en las cercanías del garaje y el horreo gallego cerca del hotel. Alrededor de la fábrica estaban los cañones y las anclas ferruginosas que decían que eran de la batalla de Rande. Al lado de la guardería había una fuente con un conjunto escultórico que contenía a unos niños y unos peces. Luego había una serie de bajorrelieves y cerámicas con textos por las paredes de las instalaciones de la fábrica. Creo recordar que había uno de esos textos en la carpintería, algo relativo a la madera si no recuerdo mal. También estaba la placa de la chimenea y los cartelitos que tenían algunos árboles y plantas, detallando su naturaleza.
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