domingo, 16 de noviembre de 2008

Los gallos de Simón

De pequeño acompañaba a veces a mi padre al bar de Simón cuando iba a tomar chiquitas. También iba a buscarle el vino para la hora de comer. Recuerdo que era un lugar pequeño y creo que tenía el suelo de tierra, el caso es que entraban y salían las gallinas y los gallos que andaban sueltos por allí. Una vez que tuve que ir a por el vino, tuve un percance con uno de los gallos que me quiso picar y me tocó salir corriendo del bar. Por aquel entonces, mi padre me empezó a mandar a buscar el vino a la cantina de Massó y con ello resolví la amenaza de ser atacado por la avicultura, cosa que agradecí enormemente.

¿Por qué me acuerdo de ésto? Tengo especial recuerdo del gallo bravo saliendo detrás de mí para picarme. Era una situación de indefensión porque no podía hacerle frente. Tal vez sea éste término, la defensa, lo que me resulta importante.

Una caída afortunada

De pequeño tenía muy presente aquello del Ángel de la Guarda y no era para menos porque tenía accidentes de vez en cuando. Uno de los que recuerdo más vivamente fue el del día en que a los pintores que había en mi casa dejaron el cubo de pintura en una estantería que había en la pared, esta cedió, y se me cayó todo el cubo encima de mí, dejándome de color verde de arriba a abajo cual duendecillo. Pero uno de lo accidentes más graves lo tuve el día que estaba sentado viendo como Fernando y su padre daban vueltas en bicicleta en la Alameda, de repente, no se porqué, me apoyé hacia atrás pensando que había malla metálica y resultó que estaba en el lado de la carretera donde no lo había. El resultado es que caí hacia atrás de cabeza sin nada que me parara y me di con la cabeza en el bordillo, haciéndome una "conacha" que me dejó un bonito recuerdo del golpe. Puedo decir aquello de que de pequeño me caí de...una alameda.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Chuchameles y otros sabores silvestres

En primavera surgían los chuchameles por todos lados, aquellas florecillas amarillas destacaban en medio del verdor de la hierba. Los niños las cogíamos y masticábamos los tallos por el sabor agrio que producían. No es que lo hiciésemos mucho porque el sabor podía cansar pero sí de vez en cuando chupábamos algún chuchamel. También cogíamos moras en las silveiras para comer tal cual o bien para mezclarlas con azúcar. Había una técnica que consistía en usar una caña, llenarla de moras y, por un agujero lateral, chupábamos el jugo que se obtenía al apretarlas dentro de la caña. Las moras eran mas dulces y se comían en cuanto maduraban. Había unas flores en forma de campanilla en unos árboles, de cuyo nombre no me acuerdo, que también servían para chupar y sabían dulzonas. Cuando empezaron a plantar la flor de la pasión aprendimos a sacar el dulzor que guardaban dentro. También había fresas salvajes, pequeñitas, que crecían por el eucaliptal y por el campo de redes. Por San Roque había arbustos que daban morotes, unos frutos redondos que cuando maduraban pasaban del amarillo al naranja. Bueno, se puede decir que competíamos con las abejas para libar el dulzor de los frutos y las flores silvestres.
foto de Benito Juncal de un campo de chuchameles


¿Por qué guardo este recuerdo? El verde y el amarillo de la planta eran realmente llamativos pero me llamaba más el tallo jugoso. El líquido de aquel tallo con su sabor entre ácido y agrio era lo que me llamaba la atención, no era el jugo de una fruta era el del tallo, o sea la sabia.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Camilo y José María

Camilo y José María empezaron a trabajar para el padre de Fernando en el estudio de delineación que Luís tenía montado en su casa. Primero empezó José María -que se había preparado en Vigo-, y al poco tiempo vino Camilo. Eran de la generación siguiente a la nuestra pero por delante. Por aquella época estábamos fascinados con los grupos musicales, queríamos formar un grupo, yo tocando la guitarra y Fernando la batería, pero el caso es que pronto nos desanimaron nuestras dotes musicales. Tal vez por casualidad o porque se nos veían nuestras inclinaciones, por aquel entonces, Camilo se descolgó con una propuesta provocadora: formar con él un grupo musical. Por sinceridad o por miedo no nos atrevimos a ir más allá de un ¡ya veremos!, a pesar de su gran entusiasmo.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Los visitantes de la fábrica

Venía gente a visitar la fábrica de Massó y hacían también el recorrido hasta la Ballenera, al pasar por la zona donde estaba el molino de pescado pasaban con hojas de eucalipto en la nariz para poder soportar el olor, nosotros ya estábamos acostumbrados y nos parecía un tanto exagerada aquella actitud. Una vez estábamos pescando Fernando y yo en el muelle de Massó cuando unos visitantes se acercaron hasta allí y nos pidieron que nos dejaran hacernos unas fotos mientras pescábamos, cosa que me resultó extraña, sin embargo accedimos sin mas consideraciones. Estaremos en algún álbum de fotos bajo un título parecido a éste: Niños pescando en el muelle de la fábrica de Massó. Recuerdo que otra vez venían unos visitantes subiendo por las escaleras de la fábrica y me preguntaron por dónde se iba a Casa Simón, yo les acompañé el tramo de la alameda para indicarle el camino final hacia el restaurante, mi sorpresa fue que por ese acompañamiento me dieron una propina.

Chuco, mi compañero de pupitre

En la escuela tuve por compañero de pupitre a Chuco, que tenía un hermano mas pequeño llamado Luís que jugaba muy bien al fútbol. Hacíamos buenas migas y trabajábamos bastante las tareas que se marcaban. Teníamos buen entendimiento. Luego yo me fui a estudiar a Vigo y él se quedó en Cangas, no se qué estudios siguió, pero hubiera podido seguir estudiando porque estaba capacitado, al menos así me lo parecía a mí para lo que podía alcanzar a ver en aquellos años. Chuco y su hermano vivían en la Carretera Nueva, al lado de los terrenos que tenían los Massó con un campo de redes por aquella zona, y se daban una buena caminata para llegar hasta la escuela en el Hotel. Chuco trabaja en la Policía Local de Cangas y este verano lo vi pasando en moto por las calles de arriba del pueblo --casi no lo reconozco con el casco--, estaban sacando coches porque tenía que pasar una de las procesiones del verano que hace el recorrido interior, y me saludó con un leve gesto.

Mirando las estrellas

Por la noche había suficiente oscuridad como para que se pudieran ver las estrellas en las noches despejadas. Nos echábamos sobre los depósitos de la alameda, boca arriba, y mirábamos toda aquel firmamento. Lo que distinguíamos bien era la Vía Láctea, del resto no estaba la cosa muy estudiada. Recuerdo que en un momento dado se empezaron a ver estrellitas luminosas que recorrían el cielo a bastante velocidad, satélites artificiales posiblemente, porque de aquella no había tanta aviación comercial como ahora y porque la velocidad era considerable (*). Tal vez, la mejor época para estas observaciones era en otoño aunque el tiempo no acompañara para estar al relente.

(*) Mi tío Antonio tenía un grupo de amigos, entre ellos Avelino Boullosa, que se dedicaban a seguir los primeros satélites espaciales.

Una breve historia de los satélites artificiales

¿Por qué me quedó este recuerdo? Lo del espacio, el futuro, siempre me resultó estimulante. En este caso me quedó grabado el descubrir en el fondo negro el movimiento de la estrella como algo diferente. Era ser testigo de acontecimientos del futuro.

lunes, 10 de noviembre de 2008

La extraña fascinación de lo vivido

Resulta extraño esto de recordar lo vivido, tiene una atracción inquietante el volver a ver aquellos momentos del pasado, en parte porque son recuerdos específicos que nos marcaron --recordamos unas cosas más que otras--, y en parte porque hay una nostalgia de lo que no volverá. Tal vez si volviésemos a aquellos momentos no nos parecerían tan valiosos o tal vez sí. Recuerdo que Rafaela decía que si tuviese que volver para atrás en el tiempo querría que fuese con la experiencia acumulada que tenía en aquel momento, volver con la mentalidad anterior no valía la pena. No cambiaba juventud por experiencia. El sentir que me provocan estos recuerdos es parecido a un vacío en el estómago o un corte con un cuchillo a la altura del estómago de una extraña dulzura. Tal vez sea la naturaleza de lo que se llama emoción.

El día que atropellaron al Roll

Alguien me avisó de que el Roll estaba tirado en la cuneta porque un coche lo había atropellado, tal vez fuera Carmiña, la tía de Fernando, quien me diera la noticia. Instintivamente fui a buscarlo, dudando de si me lo encontraría en buen estado, cogí carretera arriba y llegué a la principal y, efectivamente, allí me lo encontré tirado en la cuneta, alguien lo había arrimado para que no lo espachurraran más. Ya decía yo que aquella manía de correr detrás de los coches que había adquirido no presagiaba nada bueno -pensé. Lo cogí y me lo traje en el colo hasta mi casa. Por el trayecto estaba todo tieso, no daba señales de que se pudiese recuperar, lo notaba extrañamente quieto y me temía lo peor. Llegué al pie de las escaleras que subían a mi casa con el perro en brazos cuando, de repente, el Roll se movió y dando un salto alegre se me escapó de los brazos y se puso a caminar como si tal cosa. Estaba vivito y coleando, nunca mejor dicho.

¿Por qué me quedó este recuerdo? Creía que todo estaba perdido. Tal vez la imagen más nítida que tenga es del momento en que el perro saltó de mi colo, estaba preocupado y aquello significó el alivio. Sin proponerlo la solución a los problemas llega de forma inesperada.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Viajes de Colón y de Armstrong

Me quedó presente un debate en la entrada de la alameda pequeña con Fina, Estrella y Juan el de Ribadavia (y tal vez alguien mas), sobre qué había sido más meritorio si el descubrimiento de América o la llegada del hombre a la Luna. Me quedé solo en la defensa del viaje lunar frente a la otra tesis que consideraba que Colón había tenido pocos medios mientras que Armstrong y sus compañeros iban con todo programado. Hoy en día sigo manteniendo que el viaje a la Luna requería un esfuerzo mayor por parte de la humanidad y, aunque fuera todo muy estudiado y con el objetivo a la vista, implicaba enfrentarse a un riesgo grande, mientras que lo de Colón era más una aventura como otras tantas que se habían ya protagonizado por muchos otros exploradores (contando con que el almirante tenía también su preparación técnica de lo que iba a hacer). De todas formas ambos momentos son grandes hitos de la humanidad.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Pescar en el muelle de Massó

La pesca desde el muelle era de las cosas que más nos divertían en verano. Pasábamos gran parte del tiempo intentando coger aquellos peces que veíamos en medio del agua. Lo primero que hay que decir es que había una gran abundancia de peces de varios tipos pero, fundamentalmente, en gran parte eran buracitos (panchitos) lo que se observaba a simple vista. La pesca tenía su ritual, había que empezar por buscar una caña india, comprar tanza, anzuelo, flotador, plomos y anillas, para montar las cañas de pescar. Luego había que conseguir maga de sardinas o miñocas en las mareas bajas y, por último, armarse de paciencia para coger los buracitos. Se podía pescar en la superficie o en el fondo y, en este caso, se obtenían otros pescados como las fanecas. De vez en cuando se veían bolitos, agujas, serranes, mújeles y otros especímenes. Solíamos coger unos cuantos buracitos y por la noche nos los freían nuestras madres para cenar. Los puestos de pesca eran en la punta del muelle pero, alguna vez, cuando había barcos atracados nos poníamos a pescar en las mismas bordas. Los días de nortada no se pescaba bien porque los peces se pasaban al otro lado de la escollera, es curioso como el viento frío del norte ahuyentaba a los peces, y nosotros nos poníamos sobre las rocas con el consiguiente peligro de caernos.


lunes, 3 de noviembre de 2008

Una receta de chulas de calabaza

Las calabazas que había en la huerta servían para alimentar las gallinas pero también, en menor medida, para el consumo humano. Tenían que ser calabazas de tipo "mangueta" para que sirviesen para comer. Tampoco se hacían muchas cosas, que yo supiera, con aquellas calabazas comestibles, tanto es así que yo sólo las comía en chulas. Mi madre hacía las chulas cociendo previamente la calabaza y, después de escurrirle el agua, hacia una masa juntándola con harina, huevos, azúcar y ¿pasas?. La pasta tenía que quedar mas bien densa y se freía en pequeñas cucharadas en aceite abundante, de hecho quedaban un poco aceitosas, y ya estaban listas para comer. Otro uso que les daba a las calabazas que había en la huerta de mi casa era la de jugar sentándome sobre ellas, simulando una moto o algo así, eran bastante grandes y yo debía de ser bastante pequeño.

viernes, 31 de octubre de 2008

Calabazas con velas

Los difuntos los celebrábamos los niños a nuestra manera. Era una época tristona coincidiendo con el apagar de la naturaleza, el secarse del campo y caer de las hojas, predominando el tono marrón. Por entonces quedaban al descubierto las calabazas que se habían plantado en medio de los otros cultivos, con sus colores amarillentos y naranjas destacando en medio de aquellos ocres. Recuerdo que cogíamos pequeñas calabazas, las vaciábamos de las pepitas, le horadábamos unos ojos y una boca, y le poníamos una vela dentro. Después las dejábamos por la Alameda o por las escaleras de la fábrica, esperando sorprender a algún incauto.

jueves, 30 de octubre de 2008

Los hermanos Cuevas

De vez en cuando veo a la gente que vivió en Salgueirón con nosotros, más de tarde en tarde porque sólo voy a Cangas en vacaciones pero aún así me encuentro con alguien. Este mes de octubre estuve con Paco y Benigno Cuevas, estaban tomando café en el Alondras y nos saludamos con el afecto de siempre como lo hacen los que se sienten familia. Me acuerdo de Paco con José María, el hermano de Merche, siempre juntos a todos los lados, también me acuerdo de Benigno yendo y viniendo desde y hacia los veleros que tenían los Massó. Hablando de veleros, recuerdo como se aceleraba la actividad cuando llegaban las regatas de las Rias Baixas,-- creo tener en la punta de la lengua el nombre de aquel velero, el Roxina ¿tal vez?, un poco panzudo y con sensación de pesado--, de cuando subían el velero al carro o lo varaban delante de la carpintería, de como fondeaba delante del muelle esperando a que lo prepararan para competir. Paco y José María jugaban al fútbol con nosotros, aunque éramos más pequeños, pero con Benigno teníamos una relación más distante, porque era del grupo de los mayores. No obstante, Benigno tenía un gesto de complicidad conmigo y era que cuando me veía me llamaba Tintín, por lo del personaje del cómic y porque andaba con el Roll, y yo le respondía, ¡Milú!.

sábado, 4 de octubre de 2008