sábado, 5 de septiembre de 2015

Casas de Cangas





Minixuntanza en Areamilla. Verano de 2015

Esta foto del Carro me recordó como nos bañábamos nosotros en el Carro, ¡que días de felicidad!

Marga y Carlos


Las Marisas. En la piscina nos bañamos Jose y yo


Fernando (los siento porque saliste con los ojos cerrados) y Carlos


En Lugo, Marga, Andrew, Fina y yo


Con Daniel, Merche, su nuera y la nieta


Con el otro nieto y Marga


domingo, 16 de noviembre de 2014

El depósito de la Alameda

La Alameda que estaba delante de mi casa encubría un depósito-aljibe de agua para suministrar a la Fábrica. Para nosotros, los niños de la zona, aquellos rectángulos cuadrados que había eran como bancos para sentarse, al principio con tapas de latón (que quemaban con el sol) y después de cemento. También servían para jugar de mil y una formas, saltar de unos a otros evitando que te pillasen, empujarnos unos a otros para hacernos caer,...Pero claro, cuando aparecieron los de la fábrica, destaparon aquello y se metieron dentro, se nos reveló la verdadera naturaleza de aquello que estaba bajo nuestro patio de juegos, ¡había mucha agua allí abajo!. En un momento dado estuvieron poniendo unos medidores automáticos de nivel, algo parecido a lo que tenían las cisternas que cuando el agua llegaba hasta allí se cerraba el grifo. Toda aquella agua debía de venir del pozo que había en la Sierra que por inercia iba llenando el aljibe y tal vez había que controlar que no desbordase. Realmente el aljibe estaba bien construido porque no rezumaba agua por ningún lado que delatase su naturaleza, ni siquiera hacia la finca de Fernando a la que daba uno de los laterales -- el otro daba hacia la carretera con menor altura y los otros dos quedaban disimulados con el nivel descendente de la propia Alameda. Uno de los episodios trágicos de mi infancia fue caerme desde la pared que daba a la carretera y abrirme la cabeza con el bordillo de una canaleta que daba al aljibe. Me queda el recuerdo de una cicatriz y medio abollamiento en mi cabeza, y con ello puedo decir que ya no me he olvido del aljibe en mi vida.

lunes, 27 de octubre de 2014

Sueño con mi casa

Sobre 1974 calculo que fue cuando mis padres dejaron la casa de Massó en la Alameda y nos fuimos a vivir a Cangas, a la Fuente Ferreira. Pues aun es hoy el día en que por la noche me asalta el sueño de que vuelvo a vivir a mi casa de Salgueirón. En el sueño vive otra gente en esa casa pero yo me cuelo aprovechando unas posibles vacaciones de los moradores. Las escenas transcurren en el salón de entrada y como mucho en el comedor y en la cocina. Suele salir también el cuartito de atrás que hacía de almacén de cosas de casa. Creo que también salen las escaleras. Me siento a gusto a pesar de que estoy de medio intruso, lo cual no deja de sorprenderme. Ya me gustaría que hubiéramos conservado la casa pero no pudo ser, sólo me queda visitarla en sueños, con la Alameda intacta, cosa que ya no existe, y tal vez esto es una de las ventajas de soñar. Algún día encontraré la razón de este sueño, y ya veremos que pasa, lo digo porque curiosamente ciertos sueños que he tenido en alguna época de mí vida han tenido luego una explicación, fueron como adelantos de mí futuro, porque como en la vida en vigilia las cosas ocurren por algo que luego necesitamos, también  en la onírica debe de pasar algo parecido.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Los castillos de madera

Los castillos de madera eran las disposiciones de las tablas de madera que ponían a secar delante de la carpintería. Tenían forma cuadrangular y dejaban pasar el aire porque estaban intercaladas. Era la típica configuración de todas las serrerías de la zona. Eran fáciles de escalar y los niños nos metíamos dentro para jugar, imaginando que eran castillos donde nos parapetábamos de los enemigos. Olían a las resinas de las maderas, generalmente pinos, y contenían restos del serrín de la serrería. Cuando estaban secos los volvían a recoger para trabajar las tablas y hacer con ellas lo que requería la fábrica, me imagino que mayormente cajas de embalar. Aparecían y desaparecían con la misma asiduidad. El serrín también se utilizaba para los suelos húmedos o aceitosos. Recuerdo que nuestras armas eran los tutelos y que había cerca de allí bolitas de enredadera para usar como munición. A veces jugábamos de noche después de andar dando vueltas por la cantina, viendo algo de tele. Por alguna razón, tengo especialmente recuerdo de los momentos en que estábamos metidos por aquellos castillos en plena noche.

domingo, 24 de marzo de 2013

Palmitas y ramos

Siempre me llamaron mucho la atención los ramos de olivo que llevaban los niños en Cangas el Domingo de Ramos. Lo he comentado otras veces, llevaban guirnaldas de golosinas de adorno, caramelos, pasas, higos secos, galletas, etc., de lo más apetecible. También las palmas se adornaban aunque eran más difíciles de ornamentar. Con todas aquellas chucherías los niños no paraban en la iglesia y durante la misa ya iban metiendo mano a las golosinas de los propios ramos y los ajenos. Supongo que el motivo de tan singular adorno era para llevar a los chiquillos a la iglesia, por alguna razón la fiesta de Ramos se convertía así en una Semana Santa para niños. Yo llevaba palma trenzada, que después quedaba colgada todo el año a la intemperie en el balcón de casa, y miraba con envidia aquellos ramos tan apetitosos.

domingo, 17 de marzo de 2013

La parrilla

Ahora se ha puesto de moda en muchos sitios la barbacoa, pero hay que decir que antes en cada casa había una humilde parrilla que servía para poner unas sardinas o unos jureles a la brasa. La parrilla eran cuatro alambres que se pasaban arrinconados todo el invierno, que se sacaba cuando empezaba el buen tiempo y la temporada de estos pescados. Se ponían cuatro piedras en el suelo, o en un murito, se hacía una pequeña hoguera con los restos de la poda de los frutales que había por la huerta y en un instante había unas brasas para asar. Se decía que los sarmientos de las vid eran los mejores para hacer brasas, pero no había vides en todas las huertas, aunque recuerdo haber ido a buscar sarmientos para tal ocasión. Con el paso del tiempo se empezó a hablar de las sardinas del xeito y de la ardora, según la forma de pescar, pero por aquel entonces no había tal distinción. Un trozo de pan a modo de cama y la sardina o el jurel encima, comiendo con los dedos, era el sencillo y rico resultado de tan simple experiencia culinaria.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Musgo y pinos

En Navidades siempre hacíamos el Belén y para ello teníamos una colección de figuritas con el portal, los pastores, los reyes, las lavanderas y algo más. Pero había que renovar la base de musgo cada año. No era difícil encontrar musgo en la zona, la humedad del otoño creaba buenas capas de musgo sobre las piedras. No obstante, a veces buscábamos matas de musgo en sitios donde había agua. El resultado era un Belén bien mullido y con algunos nuevos habitantes vivos que venían incorporados al musgo. En nuestra adolescencia se incorporó el Árbol de Navidad como nuevo elemento decorativo. Ahora había que ir al monte a cortar un pino para tener el principal elemento. Recuerdo ir a la Sierra, cerca del Castelo, a buscarlo y estar cortando la copa de algún pino cuando éste excedía el tamaño razonable. Las guirnaldas y los regalos completaban la decoración y ya se tenía un árbol navideño, junto al Belén. Los que vivimos esta incursión arbórea en las fiestas siempre lo consideramos como un ornamento de segundo término, creo que teníamos el Belén como más tradicional de las Navidades, sobre todo porque el árbol no pertenecía a la imaginería religiosa propia. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Difuntos

Ahora que hemos pasado difuntos intento recordar aquella época y lo que me viene a la memoria es la visita al cementerio, en particular las mariposas que se ponían en aceite, el aspecto que tenían antes de encenderse. Era un sistema que duraba más que la vela, producía poca luz y todo lo más se podía apagar por ahogamiento en la masa de aceite. Era una débil llamita que recordaba a lo endeble de la vida humana, al menos a mí me lo parecía. También recuerdo que los niños cogíamos calabazas de los campos y les metíamos un trozo de vela dentro y simulando una cara las dejábamos en las escaleras que subían de Massó. La luz venía a simbolizar otra vez más, incluso para los niños, la vida humana. Tal vez seamos pequeñas luces dentro de nuestros cuerpos que iluminan la realidad que es el vivir, y cuando morimos nos apagamos sin más.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El Bonito y el Vigués

El Bonito y el Vigués eran dos peluqueros de Cangas que me cortaban el pelo. Tenían la peluquería en la calle San José, que era un cuartito pequeño a pié de calle con dos sillas de peluquería y un banco para sentarse y esperar turno. El Bonito hablaba mucho con su voz afónica y el Vigués lo hacía poco, como con cierta timidez. El Bonito era masajista del Alondras los domingos, por lo que la peluquería se convertía también en lugar de tertulia futbolística, sobretodo los fines de semana y los lunes. En verano había moscas y mientras cortaban el pelo o afeitaban le daban al cliente una escobilla, acabada en tiras de tela, para que las espantara. Cuando llegaba la hora de cerrar se cerraban las puertas y los últimos clientes quedaban dentro haciéndose la faena. Al final, cerraron la peluquería definitivamente cuando se jubilaron, no tuvieron quien siguiera el oficio, al Vigués no le recuerdo familia y al Bonito, que tenía un hijo que venía por la peluquería, tampoco le sucedió nadie. 

martes, 9 de octubre de 2012

La despensa de la casa

El gallinero era la despensa de la casa, por lo huevos y por la carne de las gallinas. Había gallinas y gallos todo el año, para ello había que reponer haciendo criar en primavera una nueva camada de pollitos. Las gallinas se ponían "cluecas" y los huevos ya eran entonces para incubar. Se ponían aparte para que estuvieran calentando los huevos unos veinte días, si no recuerdo mal, y poco a poco iban rompiéndose los cascarones apareciendo lo pollitos. La madre los llevaba por la huerta picando aquí y allá, como una retahíla de cositas amarillas que la seguían, y el problema eran las pegas que venían a robarlos y comérselos. El caso es que se criaba otra generación para el invierno siguiente. Se comían los pollos, dejando algún gallo, y las gallinas eran para poner huevos, porque la gallina acababa siendo algo más dura. El gallinero era también el lugar de reciclaje, porque los restos comestibles de la comida diaria podían usarse para alimentar a las gallinas, sobre todo restos de fruta y verdura. Y viceversa, el estiércol del gallinero se podía usar como abono para lo que se plantara en la huerta. Rafaela, la vecina, operaba a las gallinas cuando se atragantaban con algo, les abría el buche con unas tijeras y, después de vaciarlo, se los volvía a coser con hilo y aguja. Mi madre mataba las gallinas doblándole el cuello y contándoselo con un cuchillo, después las echaba en un barreño de agua caliente y las desplumaba. Se preparaban guisadas o en cocido, se le comían las mollejas, los hígados, el corazón y las patas, aparte de lo demás. Había gente que decía que la parte más exquisita era el culo (la cola) y otros preferían el cuello. Los huevos se comían de todas formas, pasados, cocidos, fritos o en tortilla. Se usaban para montar claras con los que hacer bizcochos esponjosos. Se tomaban las yemas con azúcar. Lo dicho, la despensa de casa.

martes, 2 de octubre de 2012

Adolescencia

Recuerdo haber hecho alguna vez una redacción en el colegio sobre la adolescencia y, también recuerdo que no había quedado muy satisfecho. Consideraba entonces que tal motivo de redacción quedaba muy alejado de mis capacidades discursivas para hacer algo digno. Sin embargo, hoy por hoy, tengo que volver a reconsiderar tal tema, creo que tal vez las cosas nos ocurran con alguna premeditación y si persisten en la memoria es señal de que tenían y tienen sentido para nosotros.
Este blog nació como necesidad de recuperar esta etapa de la adolescencia que vivimos un grupo de chiquillos en Salgueirón, al menos por mi parte era una relectura de la memoria de entonces, volver a leer qué es lo que había perdurado en la memoria personal y colectiva para así fijar qué es lo que nos llamó la atención entonces. Mi memoria de aquella etapa es el recuerdo de los árboles fundamentalmente, lugar donde permanecíamos colgados gran parte del tiempo. Los árboles tienen un simbolismo muy fuerte, son estructuras que crecen de las semillas, son el crecer generativo y son, en definitiva, la firmeza ante el empuje que quiere derribarlo todo. Los árboles se queman, pero vuelven a renacer, son Aves Fenix que siempre vuelven a estar de pie, es decir, volver a recuperarse después del conflicto. Esto es la adolescencia permanente de las personas en todas las etapas de la vida, siempre aprendiendo, siempre en conflicto, siempre purificándonos, volviendo a empezar de nuevo con más sabiduría, siempre buscando después de la caída subirnos al árbol de la fe en la que colgar y confiar nuestras vidas.