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lunes, 10 de mayo de 2010

El zapatero de Balea

El de zapatero era uno de los oficios más útiles en la época. Los zapatos se remendaban y se arreglaban cuando se rompían o se quedaban pequeños, y no sólo los de las mujeres, los de caballero y los de niño. Había un zapatero en Balea al que íbamos de vez en cuando enviados por nuestras madres, aunque también íbamos a arreglar balones y botas de fútbol. Lo singular era el sitio en si, -habitual por otra parte de todos los zapateros-, era oscuro, con un olor intenso, con hojas de revistas de chicas con poca ropa o con equipos de fútbol  en las paredes y, en el centro, el zapatero sentado, con su minusvalía, con su delantal de cuero, hablando con todo el mundo.

martes, 30 de marzo de 2010

No cantar en Semana Santa

En Semana Santa no se podía cantar, así como suena, nada de canciones ni canturreos. La radio ponía música clásica de tipo fúnebre, intercalado con las noticias, y en verdad era un tostón. Se vivía la semana con este tipo de recogimiento, no sé si era más religioso o no, el caso es que había un paréntesis en la vida diaria y se notaba que era Semana Santa. Para nosotros había la compensación de los roscones de la época, un olor a dulce anisado impregnaba la casa porque se hacían unos cuantos (barras o roscas) para que duraran esos días, y aunque no se podía cantar, al menos, se podía comer dulce.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Los vendedores de piñas

Una profesión antigua, la de vendedor de piñas de pino, existió mientras hubo cocinas de hierro porque con el butano se acabó la necesidad de esta materia prima. Venían con sacos de piñas hasta las casas y los vendían en la misma puerta, aunque no recuerdo si había que avisarles o pasaban al azar. Las cocinas de hierro se encendían con la leña de la huerta, de la poda de frutales y otras ramas, pero daba mejor fuego la piña del pino. Dentro de las piñas venían tijeretas, unos insectos alargados y marrones, se conoce que se alimentaban de algo que tenían, y cuando se echaban al fuego algunas tijeretas salían corriendo. Al igual que las cucarachas daban un poco de asco.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Un carro de bueyes por Salgueirón

En Salgueirón había un sitio que se llamaba "la cuadra", que estaba detrás del Garaje, en el que había unas viviendas y, presumiblemente, habría una cuadra con bueyes y carro. Tenían los palleiros hechos con los restos de los maizales. Recuerdo a dos de los niños que vivían allí --uno era pelirrojo--, más mayores que nosotros, uno de los cuales decían que había participado en la película "55 días en Pekín" de extra cuando estaba en la mili. Por otra parte, lo que si recuerdo es a un señor delgado y alto, con su boina y zuecos de cuero, que venía a menudo desde fuera a la Ballenera a coger estiércol de ballena para echar en los campos --recientemente vi una foto suya en uno de los libros de A Cepa. Como era un material blando iba dejando un reguero por toda la carretera de abajo, con el consiguiente olor y peligro de pisarlo, además de los restos naturales de los animales. El Roll se rebozaba en aquellos restos de estiércol y luego había que bañarlo. Era característico el cantar de aquellas ruedas cuando el carro venía cargado, "ardíalle o eixo na... carretera de abaixo".

martes, 17 de febrero de 2009

La matanza del cerdo

Siendo pequeño asistí a la matanza de un cerdo detrás del Hotel. Se mataba el cerdo clavándole un gran cuchillo en la garganta. ¡Chillaba de lo lindo!. La sangre se recogía en unas palanganas para hacer las morcillas y las filloas. Se extendía en un banco y se le quemaban los pelos con unas pajas encendidas. En varios sitios de Salgueirón se debían de cuidar cerdos que luego se sacrificaban porque solía oírse el silbido del capador en otoño, aunque posteriormente también usaba aquel silbato el paragüero-afilador. Éste último venía al principio con su tradicional rueda de afilador, posteriormente traía una moto, afilaba cuchillos y ponía remaches en las tarteras que se picaban.